EL DESPRECIO POR LA VIDA
Por: Arnoldo Griñán
Cuando como nunca es evidente que la especie humana se encamina hacia su auto-extinción, la conciencia de este fenómeno no llega a quienes tienen la responsabilidad de aplicar las necesarias soluciones.
Asombra cómo en un país tan importante como los Estados Unidos, una persona incapaz puede llegar a ser el Jefe de ese Estado y tener en sus manos el poder de desatar acciones que puedan destruir la vida en el planeta, en pocas horas.
Quizás amigo lector, opines que fue un hecho fortuito la llegada de George Walker Bush a la Casa Blanca junto a su camarilla ultraderechista, ayudados por la mafia anticubana de Miami. Que su reelección en el 2004, también producto de las trampas electoreras, fue por causa de la debilidad del partido demócrata. Pero a esas verdades le faltan otras muchas que abultan el dossier del primogénito de George Bush padre.
Es cierto que Walker Bush fue un alcohólico y que sufre de borracheras secas. También que en sus delirios se cree elegido de Dios para acabar con el mal, una percepción que abarca a todo el que no esté de acuerdo con él. Pero no está loco.
Admirador, al igual que su abuelo, del dictador nazi, Adolfo Hitler, Bush hijo se caracteriza por tener el más bajo coeficiente de los presidentes estadounidenses de los últimos 60 años, mientras su padre ocupa un lugar muy cercano a él en esa lista. La familia es producto de un sistema que la ha formado en el desprecio al ser humano. No olvidemos que George papá Tiene un triste pasado como jefe de la CIA con su apoyo a la guerra sucia en Centroamérica y luego desató la guerra en el Golfo así como que inició los sistemático bombardeos a Iraq, con su secuela de civiles inocentes muertos.
Por su parte, George hijo, llega a la presidencia con el récord de mandar a la muerte a la mayor cantidad de reos, culpables o inocentes, durante su mandato como gobernador.
EL HOMBRE NECESARIO
Ante la escasez del combustible fósil, que ya se vislumbraba desde hacía bastante tiempo, el stablishment estadounidense aprecia en Walter Bush a la persona manejable, capaz de realizar cualquier locura que lleve al país hasta la guerra por la obtención del petróleo.
Después de los extraños acontecimientos del once de septiembre, ni presta ni perezosa la ultraderecha desató la guerra en Afganistán y su gobierno talibán. Desgraciadamente, tuvo el apoyo de muchos países miembros de Naciones Unidas.
Embriagado por la relativa facilidad con que se llevó a cabo la aventura, Washington, nuevamente apoyado por el Congreso republicano y la gran prensa del país, pero no ya por la ONU, enfiló su maquinaria de guerra contra Iraq, al que venía bombardeando desde hace años, junto a su carnal Gran Bretaña.
Lo que al principio resultó un clásico paseo por ambos países del Medio Oriente y que había llevado al inquilino de la Oficina Oval a proclamar que podía llevar la guerra a 60 o más oscuros rincones del planeta, pronto se convirtió en una hoguera donde se consume la economía y el militarismo norteamericanos.
En Afganistán crece el rechazo a la ocupación, mientras aumenta el temor entre las fuerzas de la OTAN allí presentes, a un posible incremento de los ataques talibanes.
Por otro lado, Iraq es un callejón sin salidas. Estados Unidos se queda cada vez más solo en ese país al cual no puede dominar. Mientras, crece la cifra de sus militares muertos y oculta la de los heridos que luego mueren en los hospitales de Alemania o de Norteamérica. Tampoco habla de los miles de soldados que regresan traumatizados o que pierden brazos, piernas o que sencillamente llevan la violencia a sus hogares y terminan suicidándose, ante la incomprensión de sus acciones en un país que nada le hizo.
Por cierto, recientemente y ante la denuncia de cierta prensa, Bush dice haberse desayunado con la muy poca asistencia médica que reciben los veteranos que llegan a los hospitales militares estadounidenses. Ejemplos como el Walter Reed, que recibe más de 14 mil heridos al año y al cual se le pretende recortar aún más el poco presupuesto que tiene, constituye un escándalo que ha recorrido el mundo, a pesar de la prohibición a la prensa, de entrevistar a los pacientes.
El estado de esas instalaciones es pésimo y los enfermos se quejan de que son utilizados para experimentos, como conejillos de india.
A pesar de este panorama, al que se suma la corrupción, que pasa desde el Pentágono y sus empresas suministradoras, hasta la propia Casa Blanca, la cúpula derechista busca consenso para atacar a Irán o Siria como salida hacia delante.
La CIA financia grupos secretos en el país persa para que produzcan un pretexto que le facilite un ataque a aquel país. La táctica no es nueva. En los últimos tiempos la prensa denuncia que los planes de agresión ya están listos. Así vemos que en el Golfo Pérsico hay 3 grupos de batalla y se preparan otros 3. Compuestos por portaaviones, navíos, cruceros y submarinos, esas fuerzas golpearían principalmente a las instalaciones nucleares iraníes.
Otra salida que el stablisment se esfuerza en acelerar es el regreso a la carrera armamentista. Intenta instalar su escudo nuclear muy cerca de Rusia, en el Cáucaso, Polonia y República Checa, mientras moderniza sus arsenales so pretexto de una inexistente amenaza de Corea del Norte y de Irán. Lo cierto es que busca justificar los astronómicos gastos militares.
Como es sabido, en tiempos de crisis, los Estados Unidos siempre han buscado en las guerras, un motor impulsor de su economía. Pero, en esta ocasión, el juego es muy peligroso. El Dios dinero no garantiza la subsistencia. Eso lo debieran saber los señores de la guerra.


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