Saturday, July 14, 2007

DEMOCRATAS Y REPUBLICANOS

Por: Arnoldo Griñán

Si a UD. Le preguntaran en qué se parece un asno a un elefante, seguramente la interrogante le parecerá bastante absurda. Sin embargo, en materia de política norteamericana, no lo es tanto. Esos símbolos de los partidos Demócrata y Republicano constituyen brazos de un mismo cuerpo y único partido en Estados Unidos: el establishment.

Es ese precisamente el partido que agrupa a las grandes corporaciones armamentistas, petroleras, financieras, tecnológicas y de servicios, así como a los grandes intereses del capital trasnacional sionista asentado en Wall Street, entre otros. Es por ello que se dice, muy acertadamente, que no hay nada más parecido a un demócrata que un republicano.

Ambas agrupaciones se turnan periódicamente para administrar y ejecutar sin miramientos las políticas de conquista imperial. Para el ojo avisor, esto no admite discusión; es tan evidente que hasta los propios norteamericanos lo denuncian.

La historia lejana y presente demuestra que cuando los demócratas están en el poder, los republicanos juegan a una oposición crítica que en realidad es una burda mascarada: comprobémoslo.

Después del desprestigio en que quedó el gobierno de Richard, el sucio, Nixon, el establishment necesitaba limpiar en algo la imagen de su régimen. La encomienda se le dio al actor republicano Ronald Reagan. Su aureola de vaquero duro forjada por la industria cinematográfica le vino bien. Como vice se le adjuntó a George Bush, padre, ambicioso guerrerista, miembro de la CIA. Según la lógica estadounidense, era la combinación perfecta.

Pasada la era del reaganismo y su sucesor, Bush, que dejó al país muy endeudado por la intensificación de la carrera armamentista y la llamada Guerra del Golfo, se necesitaba un refresco del ambiente político, y le tocó el turno a los demócratas, con William Clinton como jefe de la Casa Blanca.

El Campo Socialista Europeo se había caído; el Pentágono había creado bases militares en el Oriente Medio y la Unión Soviética se suicidaba. Era el fin de la historia. Pero no todo salió bien.

DEMOCRATAS A LA CARGA

El nuevo presidente cumplió su cometido. Mantuvo un bloqueo aéreo sobre Iraq, pero no la invadió. NO quiso perder hombres en una guerra de conquista que sabía sería un error. Apostó por minar las bases del gobierno de Bagdad mediante el trabajo espía y la corrupción de no pocos miembros de aquella administración árabe.

Sin embargo, el establishment deseaba aquellas tierras ricas en petróleo. Veía venir el agotamiento global del crudo y necesitaba urgentemente asegurarse esas reservas. La guerra en Los Balcanes, donde involucró a Europa, era un mal presagio.

A pesar de haber saneado las finanzas, los demócratas titubeaban sobre la guerra de expansión en el Medio Oriente. Entonces el establishment impuso
un nuevo gobierno, con George Walter Bush a la cabeza de una camarilla de políticos guerreristas que habían secundado anteriormente a su padre en la aventura en el Golfo Pérsico. Para lograrlo, engañaron al pueblo al tomar el poder mediante el fraude y luego lo legalizaron al imponer el miedo y el terror, tanto a nivel doméstico como internacional.

Quienes aún creen en la política estadounidense se preguntan asombrados cómo es posible que los demócratas se dejaran quitar las elecciones del 2001 y el 2004 tan burda y fraudulentamente y no exigieran una investigación profunda. Incluso que Bush, uno de los mandatarios con más bajo nivel de aceptación en ese país, que hace de la corrupción, la mentira y el fraude una constante, se mantenga en La Casa Blanca sin que se la haya hecho juicio político. No es de extrañar. Es el hombre que Wall Street necesita y por eso lo mantiene.

No importa que haya desatado una guerra que en poco más de tres años ha gastado unos 610 mil millones de dólares, causado la muerte a más de 3 600 efectivos del Pentágono y decenas de miles de heridos minusválidos, sin contar la sistemática destrucción del pueblo y territorio iraquí. El propósito sigue en pie: apoderarse de las riquezas petroleras de aquella región y en eso están de acuerdo demócratas y republicanos.

Parafraseando a nuestros próceres, los Estados Unidos están llamados a plagar al mundo de dolor y miserias bajo el pretexto de la democracia. Esa realidad es indiscutible.

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